Cuando Alexander von Humboldt navegó el Orinoco en 1800, sus diarios no solo registraron temperaturas y especies botánicas; registraron el asombro ante una complejidad cultural que la Europa de la época apenas podía imaginar. En su obra fundamental, Viaje a las Regiones Equinocciales del Nuevo Continente, Humboldt describe con precisión casi lírica la desembocadura del Apure en el Orinoco, quedando cautivado por la organización social de los pueblos que encontraba a su paso.
Para Humboldt, el Orinoco era un "gran camino de pueblos". Sus crónicas sobre la cueva de Ataruipe, donde halló cientos de esqueletos de una nación extinta preservados en cestas, prefiguraron el respeto que hoy reclamamos para estos cementerios de la memoria. Él comprendió que la naturaleza americana era inseparable de su gente. Al leer sus pasajes sobre la "maravillosa industria" de los indígenas para transformar fibras vegetales en redes de pesca y hamacas, el lector contemporáneo debe entender que esta página web es una continuación de esa mirada asombrada, pero ahora validada por la propia voz indígena.